martes, 16 de febrero de 2010

BUENAFUENTE, BUEN ANFITRIÓN

El pasado domingo la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España entregó unos Premios Goya sin sorpresas en cuanto a los destinatarios. Como era de esperar, el drama carcelario Celda 211 y la épica Ágora arrasaron con ocho y siete galardones, respectivamente. Por lo demás, Luis Tosar se confirma como uno de los actores más respetables del cine patrio al conseguir su tercer premio; la oscarizada Penélope Cruz se fue de vacío por su papel en la ignorada por la Academia Los abrazos rotos, y Raúl Arévalo, mejor secundario, logró por fin el reconocimiento que llevaba mereciendo desde hace varios años. Como en todas las galas de este tipo, la emoción invadió el recinto al recordar a los profesionales del medio que nos dejaron en los últimos doce meses, y también con la aparición inesperada del díscolo Pedro Almodóvar. Pero el momento más intenso fue, sin duda, el homenaje al director Antonio Mercero, que no pudo acudir a recoger su busto honorífico porque padece una enfermedad que el mismo retrató en su última producción, ¿Y tú quién eres?. "La única cosa buena que tiene el Alzheimer es que puedes ver quinientas veces Cantando bajo la lluvia como si fuera la primera vez", manifestó uno de sus hijos sobre el escenario.

Sin embargo, si hay que destacar un único protagonista de la velada ese sería el maestro de ceremonias: Andreu Buenafuente. Por eso este post aparece en la sección de televisión, y no en la de cine. Aunque tanto monta, monta tanto...
Pese a su condición de presentador/cómico estrella, supo mantenerse en un discreto segundo lugar durante buena parte de la ceremonia. Pero, eso sí, supo lucirse como nadie en cada una de sus breves intervenciones con el humor irónico e inofensivo al que tiene acostumbrado a sus fieles. Inolvidables su cara a cara con Rosa María Sarda y con el actor argentino Eduardo Blanco. Y desternillante su despedida, tendido en el suelo moribundo, herido por un "gremio" al que se supo ganar a pulso.
Nunca he sido seguidor de Buenafuente, pero he de reconocer que como anfitrión de los Goya hizo un papel sobresaliente. Y no era fácil, porque se entrentaba a la primera gala sin cortes publicitarios. Aún así, supo mantener un ritmo adecuado, sin excesos ni artificios. Y los índices de audiencia lo corroboran; la ceremonia obtuvo un respaldo masivo, convirtiéndose en la más vista de la historia de estos premios, con más de cuatro millones y medio de espectadores y un share del 26%. Lo dicho: buen trabajo, Buenafuente.

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