domingo, 26 de febrero de 2017

AMARLA... LA LAND

Si las previsiones no fallan, en las próximas horas La La Land, de Damien Chazelle, se coronará como la mejor película del año en la octogésima novena edición de los Oscar. Y no sólo eso: con 14 candidaturas, incluso podría superar el récord que comparten Ben-Hur y Titanic (11 estatuillas cada una). Además, ha recaudado más de 300 millones de dolares en todo el mundo, cuando contó con un presupuesto de 30. Por lo tanto, es comprensible que un éxito tan abrumador haya generado una división insalvable entre los admiradores apasionados de este homenaje a la ciudad de Los Ángeles, el jazz y el cine clásico, y quienes lo consideran un tostón poco original y sobrevalorado.
Conviene que me quite la careta cuanto antes para que usted sepa con qué se va a encontrar en este artículo: amo La La Land y ya forma parte de mi lista de films preferidos. Y, sin embargo, debo admitir que me decepcionó un poco. Tras meses leyendo noticias sobre el rodaje de esta producción arriesgada, que sonaba un tanto marciana para el siglo XXI, y ante la expectación generada previo a su estreno, me senté en la butaca esperando descubrir números musicales mucho más arriesgados y espectaculares, un ritmo frenético, menos tópicos y reminiscencias cinematográficas constantes y variadas. No obstante, como decía, pese a resultarme lenta y aburrida en algunos pasajes, me fascinó. 

Sus detractores le asignan la manida etiqueta del "no es para tanto" y la tachan de ñoña y facilona. Y tienen razón: La La Land es un pastel de dimensiones estratosféricas. Quizá precisamente eso es lo que ha conquistado a un amplio sector del respetable que, en estos tiempos de descreimiento y de falta de esperanza, ha hallado en la pantalla una historia repipi, petulante, insípida... llámenla como quieran; pero inspiradora, inofensiva y reconfortante. Porque, tal vez, el mismo espectador que se creyó que la suerte de una prostituta puede cambiar si se cruza en su camino Richard Gere, que un fantasma proteja a su mujer a través de una médium chalada o que alguien renuncie a salvarse en un naufragio en favor de su amada, sienta un vuelco cuando vea volar a Emma Stone sobre las estrellas de la mano de Ryan Gosling en lo que es una alegoría del enamoramiento. A lo mejor ese público, tan valioso como cualquier otro, estaba huérfano de ese tipo de relatos. Ojo, a estas preguntas que sólo respondan los lalalanders: ¿Quién no ha tenido alguna vez ganas de cantar y bailar en plena calle ante un sentimiento bonito? ¿Cuántas veces nos recriminamos no pelear por nuestros sueños de juventud? ¿No sería más llevadera la vida con mayores dosis de azúcar y menos vinagre? 
Las películas, como el resto de manifestaciones artísticas, hay que situarlas en su contexto social para poder entenderlas. En los últimos años, al menos en el cine, se ha impuesto una tendencia hacia el realismo crudo, huyendo de la moraleja fácil, del final feliz gratuito y adentrándose en un terreno más subversivo y políticamente incorrecto. Exigimos al arte compromiso, verismo y acidez. En otra época no se habrían entendido producciones como Amour, Hasta el último hombre, Pequeña Miss Sunshine, Elle, Juno, Birdman, Spotlight, Cisne negro, AgostoMoonlight, Drive... Y si obras sensibleras como The Artist o la Blancanieves de Pablo Berger han calado, se debe sólo a lo insólito de la propuesta. 
Seamos honestos, La La Land nos parece antigua, con un guión justito, su vestuario refinado, sus coreografías anacrónicas, su discurso motivador y el socorrido tira y afloja de sus protagonistas. Probablemente sus haters ni siquiera valorarán el esfuerzo que hace en su metraje final para aparentar de este siglo. Da igual. Está sentenciada. Eso sí, me gustaría reivindicar el derecho de los cursis a existir. Habrá quien se ría al leer que se me cayó alguna lagrimita viendo a Sebastian y Mía (Gosling y Stone) bailar claqué de forma improvisada al atardecer en Hollywood Hills o recorrer la esplanada del Observatorio Griffith, que tuve la ocasión de conocer. Lo cierto es que salí de la sala con ganas de aprender a tocar el piano, escribir, leer, cantar, volar, enamorarme, soñar... No le pido nada más al séptimo arte que ilusión. Espero no perderLa (La Land) jamás.
Como dice mi querida Ana Canton, esta película, con sus fallos y sus aciertos, es CINE. Así, en mayúsculas.     

Ilustración: Gabriel Soares

1 comentario:

Pablo Huete Rodríguez dijo...

Qué buena crítica de la película David. Estoy de acuerdo con todo lo que dices. Al final lo importante es que te mueva de la silla, que salagas del cine con ganas de cambiar algo de tu vida. El cine es CINE cuando no te deja indiferente.