domingo, 20 de enero de 2013

LA LETRA PEQUEÑA: FIESTA EN MI HABITACIÓN

Por motivos personales y de estudio, he tenido en los últimos meses la oportunidad de releer un buen número de clásicos de la literatura castellana, desde la Edad Media hasta el Siglo de Oro. Así que todas las noches, antes de meterme en el sobre, se daban cita en la oscuridad de mi habitación un buen puñado de escritores que vivieron en una época bien diferente a la nuestra. La oscuridad de la Edad Media encontraba en la débil luz de mi flexo un nueva oportunidad de relatarse, un nuevo de modo de hallar acomodo en los días trepidantes que nos ha tocado que vivir.

El Cid, Trotaconventos...
Mi casa se encuentra muy cerca de la plaza del pueblo, así que si en lugar de en el Siglo XXI estuviese viviendo en la baja Edad Media, no tendría más que un paseo hasta llegar al lugar en el que se daban cita los juglares para entretener y amenizar al personal, ávido de aventuras trepidantes que hiciesen olvidar por momentos la dura vida del Medievo. Contaban esas leyendas que un valeroso caballero llamado Rodrigo Díaz de Vivar, conocido como el Cid, fue víctima por partida doble de una tremenda injusticia que le llevó al destierro por parte de su bien querido rey. Lejos de la violenta cólera y el más que justificado enfado, nuestro caballero encuentra en el amor a su familia y en su fe en Dios el resorte necesario para resarcirse de tanta injusticia, consiguiendo con ello ser un héroe mucho más realista y humano que aquellos que siempre han pululado en las grandes epopeyas de la literatura universal.
Miro el despertador de mi habitación, se va haciendo tarde y entre rumores de batallas y recuerdos de sangre mora decido acostarme para no resentirme mañana de la falta de descanso. Imagino que, en mi situación, el autor de otro libro que reposa en mi estantería llevaría ya horas dormido, para levantarse bien temprano y poner en orden sus textos, su vida en el monasterio. Tiene la poesía de Gonzalo de Berceo el sabor del pan recién hecho en la madrugada, del rocío y el frío de las primas horas del día, del cuidado y el amor que pone el buen alfarero en esculpir su figura. No en vano es el primer poeta de lengua castellana.

Puede que a modo de licencia se permitiese todos los días una buena copa de vino riojano tras su riguroso y metódico trabajo, después de haber regado y abonado la cosecha que rodea el monasterio. Y al día siguiente, antes de despuntar el alba, a escribir tan a sílabas contadas los milagros de Nuestra Señora, capaz de perdonar al más malvado de los pecadores. Y puede que desde la ventana de sus aposentos contemplara y se escandalizara de la vida alocada y lujuriosa que llevaban otros clérigos coetáneos suyos, como el Arcipreste de Hita, quien en su Libro de Buen Amor nos dejaba caer, así como quien no quiere la cosa, unos buenos consejos sobre cómo disfrutar de una buena hembra “placentera” gracias a los sabias advertencias de la impúdica Trotaconventos, antecedente del sugerente personaje de La Celestina. “Uno de los consejos en prosa de El Conde Lucanor del bueno de Don Juan Manuel le vendrían bien a este clérigo locuelo”, pensaría hoy Berceo. Otra cosa bien distinta que don Juan Manuel, sobrino de Alfonso X el Sabio y abanderado de la clase noble y aristocrática, se rebajase a entablar conversación con el socarrón y desvergonzado de Hita.

Garcilaso de la Vega, Quevedo, Lázaro de Tormes...
Me levanto del sillón de lectura, empiezo a bajar la persiana y a cerrar la ventana para meterme en la cama. Mi dormitorio está en un segundo piso; una distancia que no creo que fuese gran obstáculo para que el romántico y valeroso Garcilaso de la Vega, que representó mejor que nadie la conjunción entre armas y letras característica del hombre renacentista, escalase para enfrentarse al más bizarro de sus enemigos o para entregarle un cuidado y refinado soneto a su amor imposible, Isabel Freire. 
Pero hoy la noche es tranquila y sin esfuerzo alguno puedo escuchar a la gente que a estas horas aún pasea bajo mi ventana. Un gitanito sube cantando calle arriba mientras alguien busca sustento en el contenedor de la esquina. La crisis hace estragos. Imagino que Lázaro de Tormes no se encontraría extraño del todo en nuestra sociedad, tan prolija últimamente en penurias y miserias. Eso sí, a lo que no daría crédito es la proliferación de pícaros de traje y corbata que han ido medrando socialmente, urdiendo engañifas en su propio provecho. Que así como nuestro Lazarillo engañaba a su amo ciego desobedeciendo y comiendo las uvas de tres en tres, nuestros picarillos de alta alcurnia han dejado ciega de futuro e ilusiones a nuestra sociedad.

“Poderoso caballero es don Dinero”, parece gritarme Quevedo desde mi librería mientras me dirijo a la cama con estas reflexiones. Ni con el mejor de sus anteojos intuyo que pudiese ver el genio de don Francisco solución a la crisis que vivimos. Y menos aún que Góngora, rostro adusto y macilento, figura lúgubre y jubón oscuro, se prestara a ayudar en esa tarea a su más fiel enemigo de rimas y letras. 
Pero ya va haciéndose tarde de veras. Me cubro con las sábanas y cierro los ojos pensando en los personajes con los que he convivido sin moverme del sillón de mi habitación, en una especie de fiesta irreal y literaria. Me invade una extraña sensación mientras espero a que llegue el sueño. ¿He imaginado a todos ellos como realmente fueron? ¿He dado demasiada rienda suelta a mi imaginación? Poco a poco se funden estos pensamientos con el ritmo que marca el sueño que se acerca. ¿Cuánto hay de real en cada una de las historias que he vivido? ¿Y de ficción? Una última imagen acude a mi mente; largos faldones y estela seria y filosófica rodean su figura. Lleva un libro en la mano con el que pretende dar respuesta a mis preguntas. Lo abre y lee, como vaticinando además el estado de ensueño hacia el que me dirijo: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”.

GONZALO FERRADA
- Periodista y profesor de literatura -

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