martes, 8 de octubre de 2019

LAS ENTRAÑAS DE ALMODÓVAR

Paradójicamente, es probable que Dolor y Gloria merezca cargar con la etiqueta de "película menos almodovariana", pese a suponer una suerte de “autopsia en vida” del realizador manchego; el regalo más íntimo que podía dar a sus fieles, que necesitaba hacerse. Se coloca delante de la cámara, sabedor de la curiosidad y el morbo que provoca este ejercicio de exhibicionismo emocional. Y así, desnudo por completo, toma prestados el cuerpo, la voz, la carne trémula, los silencios de Antonio Banderas. Poco importa que cueste establecer la frontera entre la lúgubre realidad y los adornos ficticios del relato. También resulta irrelevante si tanta generosidad responde a un afán recaudatorio y comercial o, en cambio, se trata de la consumación de un proceso curativo y redentor.

Salvador Mallo, el protagonista, siempre será a ojos del mundo el alter ego de Pedro Almodóvar (ni siquiera el nombre escogido es aleatorio; jueguen a ordenar las letras). Pero del Pedro enfermo, lleno de grietas por las que se cuelan sus ganas de vivir. Del Pedro desconocido y desvalido, que destripa su mochila repleta de frustraciones y cuentas pendientes. Del Pedro gris, desubicado en el abundante color que le envuelve. Del Pedro que, como en la escena inicial, se empeña en tocar fondo con el anhelo de que, al emerger, sus fantasmas se hayan evaporado. Del Pedro que llega a renegar de sí mismo y de su legado. Del Pedro que recurre a la droga no para divertirse, sino para soportar el sufrimiento. Del que quiere tumbarse con la clara intención de que, mientras, el tiempo transcurra, se consuma. Este filme muestra con crudeza a un "dios" que pierde sus poderes y que, y perdonen por el spoiler, se ve arrastrado a recomponerse. No esperen otro argumento que ese: un viaje introspectivo y catárquico, entre tinieblas, con parada en distintas “estaciones emocionales”: la nostalgia, el placer, el dulce sabor del éxito, la adicción, el desconsuelo del fracaso, el rencor, la soledad, el arrepentimiento, la rendición, el vacío total... Donde lo que debió ser choca con lo que fue y pesan como losas las promesas incumplidas y aquello que faltó por decir. Esa travesía, en la que el arte y la escritura terminan convirtiéndose en instrumento terapéutico, despierta curiosidad, lástima, empatía y/o admiración. Aunque, por encima de todo, transmite verdad. La dramática verdad de un genio tan frágil como cualquiera.

Porque, al final, el creador de Raimunda, Sor Rata de Callejón, Pepi, Luci, Bom, la Agrado y otras mujeres del montón y chicas al borde de un ataque de nervios, de Julieta, Benigno Martín, Becky del Páramo, Andrea Caracortada, Leo Macías, Vera Cruz... y tantos universos lejanos, pasajeros y desordenados, escondía en su interior el testimonio más sincero y demoledor. Ahora, en lo que intuimos la última etapa de su carrera, ha decidido que era el momento de compartirlo. Y, quizá, si esos personajes pudiesen sentarse en un patio de butacas a ver Dolor y Gloria, reirían, llorarían y, seguramente, comprenderían mejor que nadie la mente privilegiada a la que deben su existencia. Algunos, incluso, sentirían compasión (pena, pepita, pena) por Pedro, el venerado y temido director, el transgresor y valiente Almodóvar... Todo eso, pero también el hombre vulnerable, víctima de la mala educación y los abrazos rotos, el marcado por las heridas que implica vivir. Las suyas, sí; cada cual tenemos las nuestras. Heridas profundas: unas cerradas, secretas u olvidadas; otras, abiertas e infectadas. Si ha conseguido sanarlas al enseñarlas a su público sólo a él le compete. No obstante, es innegable que este “destape integral” ha impregnado de una humanidad inédita toda su producción artística.

Nada es casual en esta cinta. Si bien no carece de ironía y alguna concesión provocadora, resulta comedida y sobria, sin grandes sobresaltos, ni giros estrafalarios. No los precisa. Cada personaje representa una de las piedras que derriba a nuestro héroe: el primer deseo, la frustración, la traición, el complejo de culpa... También se vislumbran, por suerte, la lealtad y el amor.
Nunca Banderas ha estado tan impecable, depurado y creíble. Julieta Serrano regala una lección magistral interpretando a la indulgente madre de Salvador, instalada en sus recuerdos como una sombra teñida de decepción, rechazo, amargura y, sin duda, devoción. Penélope Cruz, más Anna Magnani que nunca, evoca y homenajea a todas aquellas mujeres que, en la posguerra, se dejaban la piel y sostenían su hogar con sacrificio y lágrimas. Los tres, diferentes y complementarios, vertebran el cine de Almodóvar (Antonio ha trabajado en ocho de sus películas; ellas, en seis cada una); por eso, su presencia dota de mayor verosimilitud y franqueza a la narración. Les secundan, impolutos, Asier Etxeandia (antiguo “muso”; adorado y detestado), Nora Navas (fidelidad absoluta) y Leonardo Sbaraglia (espina clavada). Como es habitual, los maestros José Luis Alcaine y Alberto Iglesias construyen la atmósfera que requería la historia: por momentos, angustiosa y crepuscular; a ratos, onírica y delicada. Con la entrega de estos profesionales de confianza y del resto de equipo artístico, técnico y de producción, el realizador ha logrado concebir para la posteridad un potente vehículo con el que nos invita a transitar, por el laberinto de su memoria, de lo rural a lo cosmopolita, de la inocencia a la desilusión, del triunfo a la derrota y del dolor a la gloria. Con todo lo que se queda por el camino. Si volver la vista atrás es bueno, a veces, en esta ocasión desemboca en una experiencia exquisita. Sobresaliente. Tomen asiento: bienvenidos a las entrañas de Almodóvar.

1 comentario:

Unknown dijo...

Hola David, felicitarte por esta crítica tan rigurosa como acertada. Enhorabuena y continua escribiendo; lo haces muy bien.