Lamenta insistentemente el incombustible Carlos Boyero en los últimos meses que la industria del cine atraviesa su peor época y que, tras la pandemia, las producciones que arrasan en festivales y entregas de galardones le resultan deprimentes. Tampoco ha tenido problema en reconocer que sólo le han gustado dos de las diez candidatas a Mejor Película en los Oscar de este año. Salva de la quema a Sueños de trenes y la revisión de Guillermo del Toro del mito de Frankenstein; por otra parte, las propuestas más clásicas y convencionales de la terna.



No seré yo quien cuestione los gustos de Boyero; faltaría más. De hecho, comparto su desconcierto ante, por ejemplo, victorias recientes como la de Todo a la vez en todas partes en los Premios de la Academia. En cambio, estamos en las antípodas en lo referente a esta cosecha de 2025, para mí una de las estimulantes que recuerdo. Donde él ve bobadas y siente aburrimiento, yo valoro el riesgo, la osadía y el descaro de un grupo de cineastas que se han atrevido a mezclar géneros tan dispares como el drama sureño y el apocalipsis vampírico a ritmo de soul y blues; a poner al límite nuestra capacidad de asombro por zigzagueantes carreteras infinitas y en frenéticos duelos de ping pong; a grabar a fuego en nuestras memorias cinéfilas a seres tan despreciables y, al mismo tiempo, tan estimulantes con Marty Mauser, Perfidia Beverly Hills, la tía Gladys o Teddy. Todo ello en cintas que, además, se permiten licencias extravagantes y provocadoras que, por momentos, a punto están de hacerlas descarrilar, de que se estrellen estrepitosamente. Y no ocurre porque nada es azaroso, improvisado o caprichoso en ellas. Detrás de tanto fuego artificial, existe una planificación, un trabajo concienzudo y cargado de profundidad; también eso tan cursi que algunos llaman alma.






